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viernes, 17 de agosto de 2012

Cielo estrellado


Veo el cielo estrellado sobre mi.

Un mar negro, una lenta espiral de luciernagas que se despliega, majestuosa,  mas allá de los sueños de los hombres, de los deseos de los dioses.
Esquirlas de plata vibrante, de luz de crista, angeles de nacar y seda.

¿Que pensamientos han poblado las mentes de quien contempló los cielos antes que yo? ¿Sintieron también el asombro, el terror, el absoluto y magnífico éxtasis de saberse parte de una danza universal, de una coreografía ignota, creada en el origen del tiempo mismo?
 ¿O notaron acaso el firmamento abriendose paso por sus ojos, por su mente, hasta alcanzar el yo interno, para darse cuenta entonces de que el cielo, alma e infinito, no son si no distintos aspectos del germen primordial, de la existencia?

Amanece. Las estrellas se apagan. La luz vuelve a cegarnos, impidiendo ver la verdad.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Ya lo sabes

Hoy, "The Midnight Gazes at You" cumple su primer añito. Yo, en vez de celebrarlo, os dejo un cutrescrito de reserva:

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Avanza, nunca mires atrás.


Dura es la prueba, largo el camino:

Pero nunca debes olvidar

Que siempre estaré ahí, contigo.



Caminamos juntos bajo el cielo

¿Ves las luciérnagas de marfil?

Han bajado aquí, al frio suelo,

Solamente para verte a ti.



La sangre que intentas ocultar.

Esa extraña sombra en tu mirada.

Tanta tristeza, tanto pesar.

¿Me dirás que es lo que te pasa?



Sé que piensas que hemos perdido,

Que al final, te ha vencido el miedo.

Pero sabes que estoy contigo.

Siempre, hasta el infierno o el cielo

Siempre, para poder decirte: “Te quiero”.

jueves, 14 de enero de 2010

El cuento del Poeta y la estrella

Cuentan que, una vez, un poeta decidió que nada en la tierra era tan bello como para merecer ser cantado, así que se dedicó sólo a mirar el cielo. Conversó con todos los astros, y escribió sobre y para cada uno de ellos. Conocía hasta al más insignificante de los cuerpos celestes, y estos le mecían en su sueño y le hablaban en su oscuridad. Pero para un hombre que vive expresando sus sentimientos, es difícil no caer presa de ellos. Y así fue como el Poeta se enamoró de una estrella. Durante el día la buscaba aun sabiendo que no la encontraría, y por las noches se dormía con la vista fija en ella. Vivía obsesionado con el que él consideraba el astro más bello, brillante y etéreo de la noche. Muchos lo llamaréis loco. Yo os pregunto: ¿Tan distinto era su amor de aquel que nosotros vivimos?



Pero el Poeta se sentía desdichado: cuando las estrellas sólo eran sus amigas, se contentaba con hablarles y contemplarlas, pero a ella quería acariciarla, sentir la fría luz contra su piel, y no le bastaba con un astro allá en el cielo. Por eso intentó llegar hasta ella.


Primero se hizo con un cuenco de agua. Cada noche lo colocaba de forma que reflejara a su amada. Pero no era real: cada vez que tocaba la superficie, intentando acariciar su estrella, el líquido temblaba y barrí a cuanto había en él, lo que hacía que el Poeta se estremeciera de dolor.


De forma que trepó a la más alta montaña. Una vez en la cima, ardiendo de frío y destrozado por el cansancio, estiró las manos hacia el cielo, intentado acaso rozar a su amada. Pero no lo consiguió, y esto enfureció al Poeta. ¿Cómo podía la naturaleza, en su eterna sabiduría, no haber creado un medio para llegar a los astros?


Así que recurrió a aquello a lo que había dado la espalda tanto tiempo atrás: la humanidad. Hizo que cada hombre y mujer trabajara en la construcción de una torre, tan alta que alcanzara el reino celeste. Es cierto que el Poeta era pobre, se le consideraba loco, y nadie le conocía, pero no hay fuerza que mueva el mundo como el dolor de un alma enamorada.


Cuando la torre se alzó por fin, superando a las montañas y a las nubes, los años habían pasado. El poeta había envejecido, pero su amor y su pasión no habían sino aumentado, avivados por la locura de la larga espera. Sin hacer caso a los dolores acumulados por el tiempo en su anciano cuerpo, el Poeta subió a lo alto de la gigantesca torre. Allí vio que las estrellas parecían mayores, como si estuvieran más cerca. Y la mayor de todas era su estrella, pues el edificio estaba construido justo debajo. Estando tan próximo a su ansiada meta, el Poeta alzó las manos… y solo tocó el aire sobre su cabeza. En ese momento, se dio cuenta de que su sueño era inalcanzable.


Y gritó. Gritó con la rabia, el dolor, y la desesperación que le embargó al saber que jamás tocaría a su estrella. Gritó, tan fuerte y tan alto que el cielo se quebró como si de un cristal se tratara. Miles y miles de pedazos cayeron a la tierra, sembrándola de astros caídos, y el Poeta contempló maravillado como el que contenía a su amada se balanceaba como una pluma e iba a parar a sus pies. Lo recogió con suavidad, lo meció, rió, lloró de alegría, y por primera vez, durmió en paz junto a su estrella.

 
 
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Porque todos deberíamos escribir un cuento infantil de vez en cuando.

martes, 29 de diciembre de 2009

Cielo

Siento tu suave tacto contra mi cuerpo, mis brazos rodeándote, mis labios rozando la seda de tus cabellos. Tu canción nos envuelve, y en la piel fría de tus manos siento el latido imperceptible de tu corazón. Aunque no te veo, se que tienes los ojos cerrados, como yo. Esos ojos de esmeralda donde caerse, ahogarse, y no lamentarlo. Tu perfume me llega, ligero, y te oigo respirar. Te acercas un poco, y te abrazo más fuerte. Puede que no haya un Dios. Puede que, tras la muerte, sólo seamos polvo, recuerdo y lagrimas. Pero aquí y ahora, puedo afirmar que el Cielo existe.