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domingo, 5 de septiembre de 2010

El Palacio Colgante

En un lago verde, escondido en el mar de roca y nieve, se alza desafiante una mano de piedra y cristal, en un gesto de desafío, o tal vez de bendición. Sostenido por dos montañas, en las que hunde sus raíces, el Palacio Colgante contempla su oasis de esmeralda.
En sus paredes, ángeles tallados observan el infinito; entre sus infinitos torreones, el viento se pierde en remolinos de un agua invisible; en sus ventanales, el sol se deshace en lanzas de cristal dorado. Sobre sus más altos tejados, los pájaros anidan tranquilos, ajenos a la preciosa escultura que los sostiene, un monumento al tiempo, al aire y a la montaña.
Habitado por mil razas, construido por ninguna, el Palacio permanece, invariable a través de los siglos y de la marea de la vida. Pues eterna es la piedra en la que esta forjado, y eternas son sus estancias bañadas por la luz. Y solo cuando caigan las montañas que lo sostienen, caerá el Palacio Colgante, con todos sus recuerdos; todas sus historias, sobre reyes e imperios, sobre magia y dioses; todos sus habitantes, hombres longevos, vidas demasiado pronto acabadas;
todo el tiempo, en fin, atrapado en el polvo de sus tapices y en los resquicios de sus paredes.

viernes, 25 de junio de 2010

Noticias

Bueno, como el propio titulo indic, no voy a escribir nada literario. Repasemos unos puntos fundamentales, y alguna noticia.

1 - ¡Ey, hola! En serio, es la primera vez que me dirijo a mis (pocos) lectores.
2 - Me voy de viaje. Eso quiere decir que no voy a publicar en un mes. Pero como no quiero dejaros con el sindrome de abstinencia, he dejado una actualización programada. Atentos el día 13. O el 14.
3 - Cuando vuelva, pienso hacer cambios substanciales.

Hasta... bueno, hasta que vuelva a dar noticias. Es decir, ¡hasta dentro de un mes!


PD: provecho para comentar algo: ¡Se agradece el feedback!

viernes, 21 de mayo de 2010

Cíbola

Un redoble de nubes, un crescendo de luz, y el horizonte estalla en mil pétalos de sol. Una cascada de azul recorre el cielo navegada por aleteantes veleros blancos, y un océano de sol cae sobre la tierra, creando oscuros archipiélagos y continentes. Pero hay una isla sin una sola sombra:



“¡Cíbola, Cíbola, la ciudad dorada!”



Allí, la luz se funde en bosques de oro y en brillantes bóvedas, sostenidas solo por columnas de cristal y agua. Se alzan torres en lo alto, anhelantes dedos extendiéndose hacia el cielo, rematados en jirones de nubes y sol.



“¡Cíbola, Cíbola, la ciudad dorada!”



Y en sus calles y en sus casas, caminan dioses de ébano y diosas de plata, vestidos con nácar y seda blanca. De fuego es su sangre, de piedra su carne, de cristal su alma. Y descalzos danzan cuando cae la noche: giran, saltan y cantan:



“¡Cíbola, Cíbola, la ciudad dorada!






¡Tuya es la noche,


Tuya esta danza!


¡Eres la luz en la sombra,


Eres la antorcha y la llama,


Nuestra casa y protectora,


Nuestra diosa y guardiana!


¡A ti te cantamos y adoramos,


A ti te damos nuestras almas!

domingo, 24 de enero de 2010

¿Viajo?

A veces mi cabeza, mi alma, y en general mis sentidos vuelan fuera de mi cuerpo, atravesando el cielo, las estrellas, la realidad, para alcanzar lugares en los que nunca he estado. A eso lo llaman estar en las nubes. En realidad, estoy en todos sitios, y ninguno.


He visitado cavernas grandes como países, donde la luz proviene de lo profundo de la tierra. Allí he encontrado peces que nadan en la tierra, plantas que viven sin sol ni agua, sombras que intentan acercarse al fuego y polillas que huyen de él. Allí habitan unos seres humanoides, bajitos, cubiertos de pelo desde la coronilla hasta las plantas de los pies, a los que les encanta pintar las paredes de las cuevas en las que habitan. A veces he visto como decoraban kilómetros y kilómetros de piedra, contando una historia de brillantes colores que parecen moverse y cobrar vida con el parpadeo de una llama. Son gente muy animada, y celebran largas fiestas, que duran meses, en las que se canta, baila, y en general se hace cualquier cosa que a uno le apetezca.

También he viajado a una tierra en la que no hay tierra. Todo cuanto hay es un océano inmenso, infinito. En sus profundidades se encuentran enormes y bellas criaturas marinas, como el dragón de lapislázuli, grande como una ciudad, que reluce como mil estrellas cuando el sol refleja en él sus rayos a través del agua. O el Leviatán durmiente, que cada noche se despierta y vaga, pero por el día descansa, y en él moran otras criaturas. Precisamente en los entresijos del caparazón de Leviatán moran los Kote, seres mitad humanos mitad delfín, grandes cazadores de las profundidades. Se decoran su piel lisa y fría con tatuajes tribales, y usan lanzas de hueso para abatir a sus presas, por lo general colosos abisales. Y son salvajes y violentos, pero también apasionados y leales. Pero la verdadera maravilla de esas aguas yace en lo profundo. Donde el sol no llega, y la vida se extingue, nacen susurros de un ser extraño. Un ente antiguo, anterior a este mundo, precursor de todos los demás, habitante primigenio del océano infinito. Morando en la abisal y eterna noche, está en todas partes y en ninguna. Un guardián anciano, fuerte y magnífico, último rastro de una existencia olvidada.

Una vez me elevé, por encima de las nubes, del cielo y del sol. Llegué hasta las estrellas, y allí vi como los dioses mismos creaban criaturas a su capricho. Vi a los Jinetes, seres gigantes, de extremidades alargadas, que cabalgaban sobre cometas, atravesando el cosmos en pos de nuevos soles. Vi los navegantes estelares, remontando la cresta de un agujero negro en su barco de cristal, y naufragando con un estallido invisible. Contemplé batallas entre razas enteras, y estuve en el seno de la creación de mil universos, mientras notaba el latido de las supernovas moribundas. Un espectáculo celestial e infernal, belleza y peligro.



Conclusión: Estoy todo el rato en las nubes.